Tras la Caída

Can-denados

Segundo capítulo de Historias de la Calamidad, un conjunto de relatos para Tras la Caída

Scuffy observaba a Peewee a través de la impenetrable valla de alambre y sus hocicos estaban solo a unos centímetros de distancia.

—¿Por qué no estás ladrando? —preguntó Scuffy—. Me odias, ¿no te acuerdas?

Scuffy era un chucho delgado de tamaño medio, con el pelaje marrón rojizo y despeinado, el pelo de la cara enmarañado y una pata blanca.

—Bueno, ¿y por qué no estás ladrando tú? —preguntó Peewee. 

La pequeña chihuahua miraba de forma desafiante a Scuffy, con la cola enrollada, alerta, y las patas abiertas y preparadas sobre la hierba descuidada del patio trasero.

—Venga ya —protestó Scuffy—. Ya sabes por qué, así que corta el rollo. ¿Cuánto hace que no ves a tu gente? —Scuffy bajó las caderas en silencio y se sentó, lo cual lo hizo parecer muy alto—. Quiero decir, ¿no te parece raro? Llevo dos días sin ver a mi gente. Sinceramente, estoy algo preocupado… y hambriento.

Un gemido agudo se escapó del hocico del perro mayor. No pudo evitarlo. De hecho, fue todo lo que pudo hacer para contener un ladrido, o peor aún, un aullido.

Peewee empezó a temblar sin control.

—Sí… sí, lo sé. Esto no es normal. No he olido a nadie, no he oído un coche, ni una voz, ¡nada! —Peewee levantó las orejas y miró a través de la valla hacia el patio trasero de Scuffy—. ¿Te queda agua? Lo último que bebí fue cuando se apagaron los aspersores.

—Tengo un inodoro medio lleno.

Los dos perros se miraron el uno al otro a través de la valla y, en ese momento, se dieron cuenta de que todo lo que tenían en el mundo era el uno al otro, y de que la situación podía ser aún más grave de lo que se temían.

—¡Tenemos que salir de aquí! —aulló Peewee, dando vueltas sobre sí misma.

—¿Y si cavamos? —propuso Scuffy.

—¿Y si yo cavo para llegar hasta ti y tú cavas para que salgamos de aquí? —sugirió la chihuahua, Scuffy ladró en señal de aprobación—. Guarda un poco de esa agua de inodoro para mí —dijo—. ¡La voy a necesitar!


 

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