Tras la Caída

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Tercer capítulo de Historias de la Calamidad, un conjunto de relatos para Tras la Caída

A Beatrice le pesaban las ubres y le dolían. ¿Dónde estaba el Sr. Talbert? ¿O la Sra. Millie? Hacía días que no veía a ninguno de los dos y empezaba a preocuparse, por lo que decidió hablar con sus amigas en la pradera. Mientras arrastraba las patas hasta el tanque para beber, se dio cuenta de que el agua casi se había acabado. No había visto nada semejante en su vida. Vio que sus amigas, una pequeña manada de vacas, estaban cerca bajo la sombra de un árbol esmirriado.

—¡Eh! ¡Hola, Bea! —mugió su amiga Gertrudis.

—Muy buenos días, Gertru —le respondió, inclinando la cabeza educadamente.

—Oh, en absoluto —se lamentó Agnes. Nunca fue la más leal del grupo—. Beatrice, ¿qué te parece esto? ¡Las ubres no me aguantarán mucho más!

—No parece buena señal —coincidió Beatrice con aire de gravedad—. O hemos conseguido que el Sr. Talbert y la Sra. Millie se enfurezcan con nosotros o ya no quieren nuestra leche. Aunque supongo que también podrían haber muerto y ya está. Pero entonces creo que que alguien habría venido a buscarlos y no he visto un humano en días.

—¿Quién nos dará de comer? ¿Y quién nos pondrá el agua? —preguntó Agnes, agitando la cabeza desgreñada.

—Creo que ahora tendremos que cuidar las unas de las otras —sugirió Beatrice. Su actitud tranquila y razonable animó a las demás a asentir con aprobación—. Pero, primero, debemos salir de esta pradera antes de morir de hambre y sed.

Las demás mugieron en acuerdo.

—¡Pero el Sr. Talbert siempre pone ese cierre de alambre en el portón! —les recordó Dottie—. ¡Nunca sobrepasaremos tal nivel de seguridad!

—Pamplinas —resopló Beatrice, trotando hacia la puerta.

Examinó las bisagras oxidadas, olisqueó la madera y analizó el cierre de alambre. El sol ya se estaba poniendo cuando por fin se le ocurrió una idea.

—¡Acérquense, señoras! —las llamó—. ¡Escúchenme todas! Ahora que los granjeros han renunciado a la leche de vaca, depende de nosotras tomar medidas al respecto o perecer. ¡Debemos escapar! ¡Así que seguid mis órdenes y todas seremos libres!

Guiadas por Beatrice, cada vaca se apoyó contra la puerta y, con el peso de todas juntas, el cierre de alambre se rompió y la puerta se abrió de par en par. No perdieron tiempo e inmediatamente, empezaron a andar. Se movieron en grupo hacia la llanura, en la dirección hacia la que sus hocicos las llevaban guiados por el olor a agua. El sendero se inclinaba ligeramente entre dos pequeñas colinas y el sol ya se ocultaba tras el terreno ondulado.

El rebaño se paró en seco con los ojos muy abiertos bañado por la luz del atardecer. En la cima de la colina podían distinguirse las temibles siluetas de más de una docena de coyotes. La luz de la luna brillaba en los ojos de los canes y varios de ellos empezaron a aullaren cuanto las vieron. Las vacas estaban asustadas, pero no Beatrice.

—¡Formen un círculo, bovinas! Si uno de esos coyotes intenta morder a alguna, ¡les daremos una buena coz!

Esa noche, las vacas probaron por primera vez la libertad, aterradora y gloriosa a partes iguales.


 

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