Tras la Caída

El día de la Calamidad

Primer capítulo de Historias de la Calamidad, un conjunto de relatos para Tras la Caída

Bert Hansen abrió la Tienda de Mascotas Hansen y comenzó a barrer la acera, tal y como había hecho cada día durante los últimos treinta años. Sin embargo, algo parecía diferente aquella mañana. Mientras Bert barría, se frustró al descubrir una fina capa de polvo que seguía asentada en la acera recién barrida. Miró a su alrededor en busca de la fuente del polvo, pero no tardó en darse cuenta de que el origen del polvo era él: los dedos se le estaban desintegrando. Ni siquiera se percató del coche sin conductor que chocó con otro coche, también sin conductor, al final de la calle, ni del autobús que se estampó contra el McBurguer con un estruendo ensordecedor. La escoba de Bert cayó al suelo, sus zapatos se quedaron vacíos en la acera, y la suave brisa se llevó al polvo fino que había sido Bert Hansen unos segundos antes. No le ocurrió solo a él, sino que, en ese mismo momento, todos los seres humanos del planeta se convirtieron en polvo. Los trenes vacíos descarrilaron, los aviones sin pasajeros cayeron del cielo, los edificios se derrumbaron y los incendios se propagaron sin cesar. Terrible y misterioso… fue el final definitivo.

Parche estaba increíblemente hambriento. Intentó que Golosina no se diese cuenta de que le temblaban las patas porque no quería preocuparla en su estado. Había dejado que se comiera lo que quedaba de comida, con la esperanza de que la gente iba a volver a ponerles comida, a hablarles y a limpiarles la jaula… pero la esperanza se disipó cuando, pasados dos días, nadie regresó. Parche vio cómo el sol salía y se ponía a través del escaparate de la tienda de mascotas, pero no vio señales de vida humana. Ningún coche pasó por la calle. No se escuchaban bocinas ni sirenas, ni se oían risas, ni gritos. Era como si todos los ruidosos humanos se hubieran esfumado.

Luego se acabó el agua y la situación se complicó. Al ver cómo la última gota de agua caía de la boquilla de metal, Parche se dio cuenta de que debía hacer algo, lo que fuera, así que empezó a roer desesperadamente el plástico que cubría el pestillo de la jaula que compartía con Golosina. La miró de reojo la vio incómoda, agarrándose la barriga y con la respiración acelerada. Maldijo a sus dientes mientras intentaba morder más rápidamente, y pronto empezó a percibir el sabor metálico de la sangre en la boca.

Cuando por fin consiguió hacer un agujero en el pestillo, metió su pequeña pata por él y llegó hasta el resorte. Agarrándose a la jaula con las patas traseras, tiró con fuerza hasta que el muelle del resorte saltó y él salió disparado para caer sobre las virutas de madera de la jaula. La puerta se abrió silenciosamente mientras que él se preguntaba cómo había sido capaz de abrirla.

—¡Vamos, tenemos que irnos! —gritó Golosina, agarrándole la pata. Saltaron de la jaula y corrieron por el estante, esquivando las bolas de ejercicio para hámsteres y los objetos decorativos para acuarios, pero no tardaron en llegar al final del estante. Se detuvieron en el borde, que estaba bastante alejado del suelo, buscando una forma de salir.

—¡Allí! —exclamó Parche, señalando un hueco del tamaño de un ratón entre la pared y los armarios que se encontraban detrás del mostrador. Cuando miró hacia Golosina, se fijó en la jaula que había tras ella. Una cobaya del color de la mantequilla de cacahuete los miraba con ojos tristes y desesperados. No podían dejarla ahí.

La jaula de la cobaya tenía un pestillo doble. Para abrirlo, Parche y Golosina tuvieron que presionar las palancas a la vez, gritando por el esfuerzo.

—Os ayudaría, pero mis patas son muy cortas —dijo la cobaya, extendiendo sus patas para demostrarlo. Finalmente, el pestillo saltó, la cobaya salió de la jaula y los abrazó a ambos.

—No pasa nada, no pasa nada, ya está. ¡Tenemos que irnos! —gritó Parche. Cuando e dieron la vuelta para irse, vieron todas las jaulas que había en la tienda de mascotas. En cada jaula había animales diferentes, y todos estaban mirando a los tres roedores con una mezcla de asombro y anhelo. Golosina, Parche y su nueva compañera, Gruñona, no se lo pensaron ni un segundo. Eran conscientes de que todas esas inocentes criaturas morirían si no les ayudaban. En silencio, trabajaron juntos para liberar a los cautivos. Cada animal liberado se sumaba a sus esfuerzos haciendo lo que podía. Pronto, todos los animales estuvieron fuera de sus jaulas, a excepción de una gatita de pelo grisáceo con los ojos amarillos y las orejas negras que estaba dentro de un recinto de plexiglás. “Sombra” era el nombre que se leía en la jaula.

—¿Miau? —preguntó la gata débilmente.

—¡No lo hagáis! —exclamó Gruñona—. En pocos meses, esa cosa será el doble de lo que es ahora. ¡Y se comerá a las criaturas como nosotros! Parche se detuvo ante la jaula de Sombra mientras agarraba a Golosina, que no paraba de gemir, y miró a los ojos a la gata.

—Podría dejarte aquí y dormiría igual de bien —chilló—, pero siento que esa no es la decisión que debo tomar. Mereces libertad, como cualquier otro animal. —Él y Gruñona abrieron el pestillo y la gata salió corriendo—. Ya no queda nadie más—gritó parche—. ¡Vámonos!

Golosina se subió a la espalda de Gruñona y se agarró a su pelaje de color marrón claro. Luego, salieron corriendo de la tienda de mascotas y bajaron por la acera abandonada, ocultándose entre las sombras y buscando seguridad. No tenían tiempo de ponerse exigentes, así que pronto se encontraron en una calle residencial abandonada. Parche observó el letrero verde de la calle en el que podía leerse “SENDA DE ABIGAIL” y lo memorizó.

—Golosina no está bien. ¡Tenemos que encontrar un buen lugar para anidar! —exclamó Gruñona. Subieron corriendo los escalones y, una vez dentro, llevaron a Golosina a la cavernosa sala de estar e improvisaron un nido detrás del sofá con un cojín y papel higiénico justo a tiempo. Solo sobrevivió un pequeño y rosado ratoncito de la camada de Golosina, pero, para los tres roedores, aquella criatura fue un milagro. Gruñona rodeó con la pata a Parche y observaron a Golosina durmiendo acurrucada con su cría.

—Lo llamaremos Mezías —susurró Parche, y Gruñona mostró su aprobación mientras se secaba una lágrima del ojo.

—Es hora de buscar comida —susurró mientras le echaba un vistazo a la siniestra cocina—. Las calamidades siempre me dan hambre.